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Aguadores y análisis de calidad de aguas en el siglo XVIII

Aguadores y análisis de calidad de aguas en el siglo XVIII

noviembre 11, 2018 @ 6:30 pm
by HISPANIARUM REGNUM

Antes de que en el siglo XX se generalizara el suministro domiciliario, en las ciudades existía el oficio de aguador para llevar el agua a las casas. Por ejemplo, en la Zaragoza del siglo XVIII, en que todavía no eran comunes las fuentes públicas, los aguadores tomaban sus aguas de las acequias que surcaban la ciudad pero también directamente del Ebro. Siempre hubo preocupación por la salubridad de estas aguas y se era consciente de que cuando se producía una inundación esta calidad podía empeorar. Así, por ejemplo, en la inundación ocurrida en 1787, que afectó a Ebro y su afluente Gállego se decía que “las aguas del Ebro traían manifiesta infección por los muchos estiércoles, impuridad y mal olor que se advertía”. Por ello, el corregidor de la ciudad, máxima autoridad gubernativa, providenció “durante el tiempo que bajase turvia (…) no tomaren [los aguadores] del Ebro porción de agua, para conducir a las casas, para el uso de beber”, regla general que según decía se había practicado siempre, “y que lo pudiesen executar de la del Canal [Imperial de Aragón, que en 1786 había llegado a Zaragoza] y [río] Huerva”. En definitiva, impedir “que saliéndose de su madre, o cauce, se beban ni acopien por sus habitantes” las aguas.

Pasada la inundación resultó necesario determinar si podía volverse a tomar agua del Ebro; también por las quejas ciudadanas, ya que los aguadores cobraban más cara el agua del pequeño afluente Huerva y el Canal. Para dictaminarlo se requirió a dos facultativos del colegio de apotecarios o boticarios, para que dieran su parecer.

Uno de ellos, Francisco Otano, manifiesta: “en el día de hoy habiendo hecho para mayor seguridad y satisfacción del Gobierno los experimentos debidos en las dichas aguas del Ebro; se encuentran totalmente destituidas de los principios que llaman los químicos Azufre y Sal que son los que unidos, o separados, las harían nocivas; pues este elemento cuanto más insípido se albergue, quanto más carezca de olor, así laudable como pútrido, tanto mejor será su bondad, así para el uso de la bebida, como para otros efectos”.

El segundo, Juan Fallaque, dirá más concretamente, “hecha la más exacta indagación, y examinada la naturaleza de esta agua por medio de varios experimentos por los que se vienen en conocimiento de su bondad y malicia. Ella consta por medio de una análisis de una tierra, porosa, sutil o caput mortuum[residuo sólido], despojada de todo principio. Los experimentos que he hecho en la cocción de alimentos, carnes, legumbres es perfectísima, lo que arguye ser una agua pura, ligera, tenue sin sabor ni olor, indica por esta razón no estar viciada y puede usarse sin perjuicio de la salud

Aunque de algún modo la relación existente entre la calidad del agua y la salud ha sido conocida desde antiguo, como se echa también de ver en este cuidado que se tenía en las inundaciones, no fue hasta el siglo XIX que se relacionaron la presencia de microorganismos patógenos en el agua y las enfermedades. Por ello hasta entonces la determinación de la calidad de un agua, venía dada básicamente por su aspecto y carencia de olor o sales.

FUENTE: ARCHIVO MUNICIPAL DE ZARAGOZA (AMZ).

Serie facticia. Caja 7100. 141-8/1-5. Expedientes acerca de las grandes avenidas de los ríos Ebro y Gállego acaecidas los días 8, 9 y 10 de octubre (1787).

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