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Conde Duque de Olivares

Conde Duque de Olivares

mayo 1, 2016 @ 1:31 pm
by HISPANIARUM REGNUM

Sin duda uno de los lugares donde detenerse en el Museo del Prado es frente al retrato ecuestre del Conde-Duque de Olivares de Velázquez, pintado hacia 1638. El Conde-Duque, valido de Felipe IV, se hace pintar a manera de rey, arrogante, henchido de delirios de grandeza. Como decía Gregorio Marañón: “La injustificada petulancia y aparato heroico del retrato del Prado es un documento inapreciable para testimoniar no la necia vanidad de un hombre, (…) sino su delirio de grandeza, que es cosa distinta. La vanidad es ridícula y el delirio es trágico”.

Uno parece sentir rechazo por aquel hombre imbuido de la “pasión de mandar” como subtitula Marañón su biografía, cabalgando y dirigiendo ejércitos desde su despacho de la Corte, que sucumbe al delirio del poder al tiempo que se derrumba el propio imperio donde se asienta.

Pero me sucede entonces que recuerdo una carta que el hispanista John H. Elliot recoge en la biografía que también le dedica. Es una carta de 1625 en la que Olivares responde al Conde de Gondomar, el cual le advierte de la gravísima situación que atravesaba España, “se va todo a fondo”, decía. Pues bien, la respuesta del Conde-Duque finaliza de la siguiente manera:

Concluyendo, señor conde, este punto con decir que no tengo por útil la frecuente conmemoración desesperada del estado de las cosas, porque a los cuerdos que lo ven de cerca no se les puede encubrir, y el desesperar del remedio les podría enflaquecer y acobardar en la disposición de los medios, y en todos los otros que lo oyen causar graves daños, desanimándolos y desconfiándolos (…) En mí no corre riesgo lo que V.S. me escribe, que lo conozco, lo lloro y me lastimo sin que pueda ninguna imposibilidad enflaquecer mi celo ni desanimar mi cuidado porque, como más obligado que todos sin discurso, estoy dedicado a morir asido al remo hasta que no quede pedazo de él”.

Desde que lo leí tiempo atrás, siempre me he sentido cautivado por esas frases: “no tengo por útil la frecuente conmemoración desesperada del estado de las cosas”, “estoy dedicado a morir asido al remo hasta que no quede pedazo de él”, y en ellas me parece ver al hombre abnegado pilotando la nave del imperio hispánico en la mayor tormenta mientras otros desfallecen, y me reconcilia con esa persona del retrato que genialmente pintó Velázquez.

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